LAS IDEAS SON A PRUEBA DE BALAS
Hay lugares que la mayoría de las
personas ha pisado por lo menos alguna vez en su vida: un hospital, una
escuela, un parque o alguna biblioteca. Hay millones de éstas alrededor del mundo.
Unas son grades, otras pequeñas; pero al final siempre son un guardianas de
grandes universos contenidos en forma de libros.
Hay una biblioteca entre las calles de
Tlapan y las Torres; cerca de dos escuelas, una secundaria y una primaria. El
pequeño edificio destartalado se encuentra en medio de la calle, prácticamente
invisible para los transeúntes que pasan frente a él, ignorándolo y siguiendo
su camino. La pintura verde claro se ve desgastada por el paso de los años y
las grietas se hacen camino por las paredes, como trazando con tinta invisible todas
las historias que se han vivido dentro y fuera del inmueble.
La puerta de metal es custodiada por un
policía que después de revisar meticulosamente a cualquiera que desee entrar,
se hace a un lado descubriendo a una
mujer de edad avanzada detrás de un escritorio con pinta de querer estar en
cualquier otro lugar salvo este. Después de esos obstáculos se encuentra una
pequeña sala en la que hay sólo 4 mesas de 6 sillas cada una, todas de madera que desgastada y apolillada que da la impresión de estar ahí desde la época colonial. Sólo hay
un grupo de niños de primaria haciendo unos carteles e intentando no hablar
fuerte para que la señora del escritorio no los asesine con la mirada.
Es detrás de las mesas es que se encuentra
la verdadera magia: numerosos estantes de libros pulcramente acomodados por
materias y por autores se hacen camino en el lugar. El olor a libro viejo se
concentra fuertemente en los pasillos de novelas. Ernest Hemingway está ahí, detenido en el tiempo y el espacio gracias a su libro El viejo y la mar. Él forma parte del
grupo de escritores viejos que iban a la guerra y escribían al volver; a diferencia de los nuevos escritores que deben cerrar la ventana porque el ruido de guerra no les deja escribir.
Más adelante, hay un libro de Cervantes
de Saavedra. Al abrirlo, es inevitable dejar de notar la enorme mancha de café
en la página 56; que parece hacer honor al título de la historia que cuenta, la del fiel Don Quijote.
Shakespeare también está ahí, con sus siempre
atinadas palabras; Poe, demostrándonos que hay sueños dentro de un sueño desde
mucho antes que Christopher Nolan convirtiera la idea en un filme taquillero.
Uno de los estados más
difíciles para alguien que ejerce la palabra es querer decir algo y no poder
hacerlo. Los nombres plasmados en los libros de esta biblioteca son la muestra
infalible de que siempre es posible decir lo que pensamos mediante el lenguaje;
que se pueden crear esculturas de palabras que representan nuevos universos,
nuevas formas de ver la vida. Escritores que no le tienen miedo a las palabras,
sólo respeto. Personas que se atrevieron a dejar volar su mente, a delirar, a
soñar; que nos demuestran que cuando se haga
silencio, siempre habrá quien grite; que cuando haya odio, habrá quien ame o nos recuerdan que a veces es necesario
cortarse las alas para caminar con aquellos que no pueden volar más.
Cuando
regreso a la sala en que están las mesas ya no está el grupo de niños que vi
al entrar. En su lugar, está un hombre que mira con una cara frustrada las
páginas en blanco que espera rellenar. Páginas en blanco que tienen historias escritas
en tinta invisible y que sólo esperan que corra la pluma para poder descubrirse.
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