miércoles, 7 de marzo de 2012

De agujeros negros y pensamientos repulsivos


Sabía que iba a pasar tarde o temprano. Su débil e inestable personalidad terminó consumiendo lentamente la poca cordura de la que gozaba. O, ¿alguna vez estuvo cuerda? Sonrió amargamente, mientras terminaba de limpiar la sangre de sus manos en el lavabo del baño. 
               Levantó el rostro y quedó de frente al espejo. Unos ojos castaños enmarcados por largas pestañas le devolvían la mirada. No había vida en ellos. Estaban vacíos, sin vida, igual que un agujero negro; pero no le sorprendió. Siguió examinando su rostro: su labio inferior estaba partido y aún sangraba. Su largo cabello cobrizo había perdido toda la elegancia que tenía hacía unas cuantas horas y ahora parecía un maltrecho nido de aves. 
               Se alejó un poco del espejo para poder contemplar su cuerpo entero. El vestido ceñido a la cintura había perdido su natural tono blanco para convertirse en una mezcla de sangre, polvo y pasto. Su cuello tenía una fea marca del collar que horas antes había estado a punto de quitarle la vida.
               Salió del baño y se adentró en la habitación que había traído su desgracia. Dos hombres se encontraban ahí. Uno estaba en el marco de la puerta, totalmente desangrado debido a las puñaladas que había en su pecho; el otro, estaba apaciblemente recostado sobre la cama. Al menos no sufrió, pensó con una triste sonrisa la mujer, que seguía en el marco de la puerta del baño.
               La ventaja de ser un paranoico es que no te preocupas por las fechas del fin del mundo, ya que todos los días podrían ser ese día. Ella siempre había sido paranoica, así que de cierta forma estaba preparada para lo peor pero eso no lo hizo mucho más fácil.
                La policía llegaría pronto, así que tendría que escapar rápido. A dónde, no lo sabía. Lo único que tenía claro era que tenía que alejarse lo más posible de todo. Su nuevo propósito de vida sería no repetir los fracasos del pasado y fracasar en cosas completamente nuevas. Al menos no podían culparla de ser optimista.
               Ya no había nada atándola a ese infame lugar. ¿Sufriría? No, ya estaba muerta en vida. Y los muertos no sienten. A fin de cuentas, volverse insensible es una estrategia de supervivencia apenas más sensata que el suicidio. Moriría de anciana, pero nunca se suicidaría, eso estaba claro.. Tal vez si llegara a morir de un corazón roto o de soledad podría renacer siendo inmune al mismo. Nada le cuesta soñar.

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